cuando tenía 5 años, mi madre pasó meses tratando de explicarme que boy george era un hombre. pero yo insistía en que era una chica con mucho estilo y le rogaba que me comprara un sombrero como el suyo.
desde entonces, ella supo que yo no sería la típica niña. y estaba en lo cierto.
la androginia de vanguardia ochentera fue, en mis ojos, la más rompedora y retadora: en medio de la incipiente epidemia de vih y la salida del clóset de todo cristo, llega boy george para recordarle al mundo que no sólo se trata de ser, también hay que parecer.
antes que winona se inmortalizara como la it girl de los 90 en reality bites, y antes que shannen se coronara como la bitch de los 90 en 90210, hicieron heathers.
eran finales de los 80 y la pluma políticamente correcta y predecible de la aburrida tina fey aún no estaba de moda. entonces, las verdaderas mean girls azotaban el prototípico high school gringo gracias a daniel waters, quien para 1988, apenas tenía 26 años y describió sin pruritos, los sentimientos exactos de cualquier adolescente de prepa.
evidente inspiración de arquetipales reinas de secundaria que aún se ven en populares películas y series (a.k.a. blair waldorf) , hasta la influencia indiscutible de slasher films como ‘carrie‘ (1976), heathers tiene el encanto de una tierna quinceañera con suficientes problemas sicológicos para enamorarse a primera vista.
la monarquía posmoderna y reduccionista, basada en la abyección como instrumento de control y el humor como único recurso para escapar de la realidad más maldita: la vida de veras es así.
no siempre quien tiene el poder tiene la razón, pero finalmente tiene el poder: la vida es una puta, pero con suerte, aparece alguien que no está dispuesto a tolerar la putada.
groseras, crueles, coños de madre; las heathers de verdad merecían morir y qué bien por winona, que se quedó con christian slater.