un par de meses antes del 9 de julio me informaron que debía viajar a los angeles por asuntos de trabajo justo el 7 y 8.
en otra oportunidad hubiese pegado el fin de semana con el viaje para darle la vuelta a la ciudad y hacer las compritas esas mayameras de costumbre, con los 2 churupitos del mercado negro que alcanzan con el cambio paralelo.
en esta oportunidad sólo pensé en calamaro: debía volver a tiempo.
cuando vinieron los rodríguez yo era tan cachorra que hubiese sido imposible ir al autocine del cafetal así que jamás lo había visto en vivo. calamaro siempre coincidía una o dos semanas previas o posteriores a mis viajes: me pasó en argentina, en méxico, en tanto país. supe entonces que mi destino era verlo acá o en ninguna parte.
esperé el 9 de julio como un viaje a disney: tenía récord de los playlists de la gira entera, los discos en 320 kbpm para escuchar hasta los grillos de fondo; repasaba momentos y canciones, compartía con todos que, finalmente, vería a andrés.
los dos días de trabajo en los angeles fueron arduos: reunión tras reunión después de 10 horas de viaje para llegar y las propias para regresar, aterricé en casa a mediodía, me duché y me eché a dormir 3 horas. el vuelo doméstico de la conexión había sido nefasto y mi sueño igual.
a las 4 p.m. me desperté hecha un zombi: el cuerpo adolorido, la cabeza en espirales. puto cansancio.
me duché y me encontré con amigos para ir al ciec a eso de las 6. llovía sapos y ranas.
el ciec estuvo bien como experiencia de organización: es primera vez que no hago fila para entrar a un concierto dentro de venezuela. eso tuvo su mérito. que me quitaran los cigarrillos para entrar fue un asco (más asco aún que no los devolvieran porque nadie avisó que dentro no se podía fumar), sobre todo porque no quería alcohol, sólo un par de cigarros para aguantar el trote y la desorientación de 3 time zones en menos de 24 horas, 3 ciudades, 2 países, conexiones y ahora un concierto. el concierto más esperado del año y quizás de la década, al menos por mí y mis amigos.
pocos advenedizos y muchos fanáticos pagaron -como yo- la exorbitante tarifa de la entrada preferencial. querido evenpro: 150 dólares por un ticket a un concierto? por quién coño nos tomas? además de un abuso es un descaro. únicamente los pagué porque era andrés, pero cualquiera que haya salido de este país una sola vez sabe que ningún concierto de pie en una pocilga como el ciec cuesta 150 dólares. respétenme!.
así que comenzó puntual, al menos.
andrés es un rockero de punta a punta: de negro cerrado, piernas larguísimas y estrechas, botas y corbatín nos recibió con el chaleco puesto en su altar de música junto a los cómplices de su artificio. candy caramelo y diego garcía fueron fundamentales para los honores que sólo se lleva ‘el salmón’ por sus conciertos. de diego garcía quedé eternamente enamorada y a candy quería hacerle mohines para arrancarle sonrisas de la geometría tras su barba.
un set de éxitos para conocedores, de sencillos para fans nuevos, de himnos que están grabados en el inconciente de todo aquél que hable español y viva en latinoamérica; un set lleno de detalles, de cuidadosos motivos que arrancaron aplausos, que emocionaron, que abrumaron y nos hicieron felices. y por supuesto, los covers que hacen de cada concierto de calamaro un tributo al rocanrol y el pop: jumpin’ jack flash que se hizo el salmón, get up stand up que se mimetizó en más duele, hey joe de hendrix en alta suciedad, volver que se hizo padrino de flaca. el fanático espera siempre sus covers para poder decir que fue a un concierto de andrés, donde no sólo hizo gala de sus dotes de showman y rockero sino de pop culturista, melómano y desfachatado artista y artífice.
calamaro fue un rey: conmovedor y conmovido en su papel de torero y cantante; histriónico en sus ademanes a-lo-raphael; arrogante como un pequeño que recién conoce la fama y la sabe paladear para luego escupir notas geniales. fue un show de altura, una cátedra de rock, un ritual de colores; de palabras que se debilitaban por la emoción, de silencios iniciales por el miedo al rechazo de algunos que no conocen su naturaleza indomable y que, con el paso de las canciones y los decibeles desgarrados del público, fueron fluyendo en dulces agradecimientos hasta el arrobamiento de quien no se cree ni espera semejante demostración de afecto.
hubo lágrimas colectivas, hubo gritos y brincos frenéticos, hubo momentos de estupor de la tarima al foro y del foro a la tarima; ensordecedoras anécdotas que arrancaron sonrisas inesperadas.
hoy volví a este texto y tiene más sentido que nunca:
Yo, que a veces no sé si soy digno de creer realmente, cuando escucho como ahora este jazz medular surcando con su ráfaga de escalofrío la distancia que hay desde mis huesos hasta esta página; cuando la vida sobrenada en una pulga joven, misteriosamente plena; cuando me doy cuenta súbitamente de que, a pesar de todo, amo y soy amado; cuando vienen hacia mí, igualmente de pronto, una verdad que yo no me he forzado en conquistar, una belleza que no he buscado, una amistad que no esperaba, una sonrisa gratuita que no provoqué; cuando en plena conciencia de mis límites, percibo que siempre “puedo más” ; cuando siento que; a nivel de lo sustancial, nada está perdido si cada día soy capaz de repetir conscientemente la sílaba vital que ahora, al lado mío, encarna Mahalia; cuando tomo conciencia, con un agradecimiento muchas veces instintivo, prerracional, de que, pese a los naufragios, recibo el ser (de que, efectivamente, me lo está dando), entonces me siento invitado (¿diría mejor: convocado?), a sentir, a creer.
Armando Rojas Guardia


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